La Saintes romana

El Arco de Germánico

El Arco de Germánico

La ciudad, levantada en el territorio de un pueblo galo, los sántonos, primero fue romana, Mediolanum Santonum, y fue elegida como capital de Aquitania. El visitante no podrá pasar por alto la presencia de los romanos cuando se cruce, en la orilla derecha, con el Arco de Germánico (18-19 d.C.). Esta puerta monumental fue construida ante el puente que cruzaba el Charente y por el que pasaba la via Agrippa, que unía el océano Atlántico con Lyon y con Roma. La edificación demostraba la riqueza de las élites romanizadas y el poder de la ciudad y marcaba el eje principal Este-Oeste alrededor del que creció la ciudad, recordando el vínculo privilegiado que la unía al Imperio. En el siglo XIX, cuando derribaron el puente antiguo, decidieron retirarlo. Fue Prosper Mérimée quien promovió su reconstrucción y restauración. Gracias a él podemos admirar aún hoy este arco votivo, que bien lo merece.
En el margen izquierdo, el casco viejo nos reserva otra sorpresa mayúscula. Al final de un pequeño valle descubriremos los restos del Anfiteatro (41-54 d.C.). Resulta inevitable que al bajar a la arena, por las mismas escaleras que llevan a las gradas donde se sentaron los espectadores durante los primeros siglos de nuestra era, nos sintamos conmovidos. El Anfiteatro, construido aprovechando parcialmente el relieve natural de la ladera, es uno de los más antiguos y mejor conservados de las Tres Galias y albergaba hasta 20 000 espectadores. Su poder evocador hará que imaginemos los combates de gladiadores, de hombres contra bestias y las torturas a los condenados.
El anfiteatro de Saintes

El anfiteatro de Saintes

La muralla de Saintes

La muralla de Saintes

Los galorromanos también han dejado atrás rastros más íntimos dispersos por la ciudad. Como las termas de Saint-Saloine, donde adivinamos la predilección de los antiguos habitantes por los baños, o los objetos expuestos en el Museo Arqueológico, ubicado en la place Bassompierre, testimonios que nos acercan a su vida cotidiana: herramientas, llaves, cajitas de maquillaje, amuletos, vajillas… El Museo Lapidario, adyacente al Arqueológico, se encuentra en un antiguo matadero con aire de villa italiana y también es fascinante. En el siglo III, cuando comenzaron los ataques contra el Imperio romano, Mediolanum, que hasta entonces crecía de manera abierta, limitó su expansión y se encerró tras una muralla cuyos cimientos se construyeron con bloques de piedra procedentes de monumentos funerarios públicos, estelas y mausoleos. La decoración y las inscripciones de estas piedras, reconstruidas en el Museo, no solo revelan una época tranquila y próspera, también un destino anunciado y el cambio de los tiempos. En la place des Récollets aún quedan algunos restos de la muralla.